jueves, 7 de agosto de 2008

Fragmento de "Travesuras de la niña mala" (Mario Vargas Llosa).


Nunca me había sentido tan excitado, tan conmovido, tan dichoso. ¿Estaba ocurriendo realmente todo esto? La niña mala jamás había sido tan ardiente, tan entusiasta, jamás había tomado tantas iniciativas en la cama. Siempre había adoptado una actitud pasiva, casi indiferente, en la que parecía resignarse a ser besada, acariciada y amada, sin poner nada de su parte. Ahora era ella la que me besaba y mordisqueaba por todo el cuerpo y respondía a mis caricias con prontitud y con una resolución que me maravillaba.

- ¿No quieres que te haga lo que te gusta? le murmuré.

- Primero yo a ti me contestó, empujándome con unas manecitas cariñosas para que me tendiera de espaldas y abriera las piernas.
Se acuclilló entre mis rodillas y, por primera vez desde que hicimos el amor en aquella chambre de bonne del Hotel du Sénat, hizo lo que yo le había rogado tantas veces que hiciera y nunca quiso hacer: meter mi sexo en su boca y chuparlo. Yo mismo me sentía gemir, agobiado por el inconmensurable placer que me estaba desintegrando a poquitos, átomo por átomo, convirtiéndome en sensación pura, en música, en llama que crepita.


La desnudé con todas las precauciones del mundo, estudiando, como objetos preciosos y únicos las prendas que llevaba encima, besando con unción cada centímetro de piel que aparecía a mi vista, aspirando el aura suave, ligeramente perfumada, que brotaba de su cuerpo. Ahora tenía una pequeña cicatriz casi invisible cerca de la ingle, pues la habían operado del apéndice, y llevaba el pubis más escarmenado que antaño. Sentía deseo, emoción, ternura, mientras besaba sus empeines, sus axilas fragantes, los insinuados huesecillos de la columna en su espalda y sus nalgas paraditas, delicadas al tacto como el terciopelo. Le besé los menudos pechos, largamente, loco de dicha.

-No te habrás olvidado de lo que me gusta, niño bueno me susurró al oído, por fin.

Y, sin esperar mi respuesta, se puso de espaldas, abriendo las piernas para hacer sitio a mi cabeza, a la vez que se cubría los ojos con el brazo derecho. Sentí que comenzaba a apartarse más y mejor de mí, del Russell Hotel, de Londres, a concentrarse totalmente, con esa intensidad que yo no había visto nunca en ninguna mujer, en ese placer suyo, solitario, personal, egoísta, que mis labios habían aprendido a darle. Lamiendo, sorbiendo, besando, mordisqueando su sexo pequeñito, la sentí humedecerse y vibrar.Se demoró mucho en terminar. Pero qué delicioso y exultante era sentirla ronroneando, meciéndose, sumida en el vértigo del deseo, hasta que, por fin, un largo gemido estremeció su cuerpecito de pies a cabeza.

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